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Archive for 2012

Apareció en Babelia, el pasado 15 de septiembre, una reseña de Alberto Manguel de La señora Bovary, traducida por María Teresa Gallego y publicada por Alba. El texto de Manguel difiere de la mayoría de críticas de obras clásicas: en lugar del fácil recurso a las manías de Flaubert, su obsesión con la frase, el filisteísmo de los protagonistas, con alguna eventual referencia a la actualidad de la obra vista la estupidez rampante que lastra nuestro siglo (o tempora, o mores), Manguel examina el texto y nos dice qué le parece. Compara original y traducción, sopesa pasajes, comenta decisiones. No siente la necesidad de perder tiempo y espacios en recordarnos, una vez más, de qué va la novela, y no la siente porque el lector de Babelia ya lo sabe, y Manguel sabe que lo sabe.

Digámoslo una vez más: evaluar traducciones es distinto a evaluar originales, y evaluar retraducciones, distinto a evaluar traducciones aparecidas por primera vez. En este sentido, convendría releer, en la revista Words Without Borders, el cuasimanifiesto que Susan Bernofsky, Jonathan Cohen y Edith Grossman redactaron a propósito de los requisitos que toda reseña de un libro traducido debería cumplir (aquí). Como la autoridad de los tres firmantes me parece garantía suficiente, me limito a traducir sus palabras y a esperar que, en la medida de lo posible, este post sirva para que su mensaje cunda (aunque sea en parte) entre los reseñistas patrios (la esperanza es lo último que se pierde, dicen).

UNAS CUANTAS IDEAS PARA QUIENES RESEÑAN TRADUCCIONES LITERARIAS

Una traducción debería reseñarse como cualquier otro libro, pero deberían ustedes tener presente que toda traducción está escrita dos veces: primero, por el autor; después, por el traductor. La obra en traducción representa una confluencia de sensibilidades, la fusión de dos fuerzas creadoras.

Por ello, consideramos crucial que, a la hora de la valorar un libro, la crítica reconozca los logros del traductor con algo más que un comentario al paso, del estilo «traducido con acierto». Como sabemos que discutir y evaluar traducciones es tarea difícil, quisiéramos sugerir unos cuantos puntos que la crítica, a nuestro juicio, debería tener en cuenta en el momento de reseñarlas.

• Incluyan siempre el nombre del traductor, tanto en la primera mención del libro como en el apartado bibliográfico.

• Si la traducción destaca por su elegancia, su viveza, o por la audaz elección de su vocabulario, no dejen de decirlo. Si rechina o cojea, también merece señalarse, sobre todo si el crítico puede respaldar sus conclusiones con ejemplos.

•  Si el traductor incluye una nota donde describe el enfoque de su traducción, puede ser útil resumir los criterios mencionados en ella, así como indicar si el traductor ha cumplido sus objetivos.

• Cuando existan traducciones anteriores de la obra, compárense pasajes paralelos para resaltar las aportaciones de la nueva versión.

• Si se encomia la obra del autor original por razón de sus particulares cualidades literarias, al lector le será útil saber si dichas cualidades se perciben en la traducción.

• Lo más importante que debe preguntarse el crítico es lo siguiente: ¿contribuye la obra traducida a la vitalidad literaria de la lengua receptora, a su habla, arte y sensibilidad? En otras palabras, independientemente de si la obra es en poesía o en prosa, ¿supone la traducción una ampliación de las fronteras de la práctica literaria en la lengua meta, introduce nuevas técnicas narrativas, formas poéticas o modos de narrar una historia?

He aquí dos ejemplos de reseñas que, desde nuestro punto de vista, logran integrar con éxito el examen de la traducción con la valoración del libro reseñado: la crítica de Michael Dirda de El tambor de hojalata de Günter Grass, traducido del alemán al inglés por Breon Mitchell (aquí), y la reseña de James Wood de Guerra y paz, de Lev Tolstói, traducida del ruso al inglés por Richard Pevear y Larissa Volokhonsky (aquí).

Los reseñistas desempeñan un papel importante como guías para que los lectores aprecien las obras literarias. La doble autoría de las traducciones representa tanto un desafío para los críticos que las evalúan como una dimensión añadida para el disfrute del lector. La escritura del traductor –lo mismo que la interpretación de un actor o un músico– merece ser reconocida en atención a su esencial mérito artístico.

Firman:

Susan Bernofsky
Jonathan Cohen
Edith Grossman

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Eric Hobsbawm murió el pasado día 1 de octubre, pero evidentemente no es éste lugar para glosar la vida y milagros del legendario historiador, militante comunista y, cosa curiosa, crítico de jazz. Me limitaré a pegar un parrafo que escribió en 2008 con ocasión de su aparición en una serie de reportajes del diario The Guardian sobre los espacios de trabajo de varios escritores, músicos y académicos. Dice así:

Algunas de las estanterías que en la fotografía aparecen detrás de los dos escritorios contienen libros sobre los temas en los que sigo trabajando: el nacionalismo, la historia del bandidaje. La mayor parte, no obstante, guardan las ediciones extranjeras de mis libros. Su número me asombra y me complace. Siguen llegando a medida que se traducen nuevos títulos y que se abren nuevos mercados lingüísticos, como el hindi o el vietnamita. Como la mayoría no puedo leerlos, su propósito no es otro que el de servir de archivo bibliográfico y, en momentos de desaliento, como recordatorio de que este viejo cosmopolita no ha fracasado del todo tras cincuenta años intentando comunicar la historia a lectores de todo el mundo. Y como acicate para continuar mientras pueda.

Descanse en paz.

[Fuente de la foto: Archivo BBC.]

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Uno de los platos fuertes de la reentrada libresca de septiembre fue la nueva traducción de La señora Bovary realizada por María Teresa Gallego y publicada por Alba. Y digo plato fuerte (expresión que Flaubert habría incluido con gusto en su diccionario de estupideces y frases comunes) no sólo por la entidad de la obra, sino por la voluntad rompedora de la edición: que en ella Emma pase de madame a señora puede interpretarse como toda una declaración de intenciones, si bien no es la primera ni la segunda vez que se castellaniza el título.

Dice Adam Thirlwell (en Miss Herbert, pág. 83) que la escritura de Flaubert «puede ser reproducida en otra lengua». No lo dudo, pero, a excepción de Madame Bovary, leída en la (a mi juicio excelente) versión catalana de Lluís M. Todó, mi relación con las traducciones de Flaubert ha sido más bien tormentosa. Lo primero que leí fueron los Tres cuentos en la edición de Cátedra a cargo de Germán Palacios. La traducción no me convenció; no soy capaz de ver en ella esa cualidad de «objeto separado, acabado», esa «atrocidad del estilo» de que habla Barthes en un ensayo que leí hacia la misma época. Pero, sobre todo, lo que no le perdonaré al señor Palacios son sus notas (la nota 56 de la pág. 69 es de bofetón directo). Llegué después a Bouvard y Pécuchet, en la (me parece a mí que) sobrevalorada traducción de Aurora Bernárdez (ya en la primera página se nos traba la lengua: «Había en el medio una lancha llena de leña»).

Pero no soy yo quién para extenderme sobre la fortuna de Flaubert en castellano, ni es éste lugar para ello. Así que a lo que iba. Y a lo que iba es llamar la atención sobre uno de los pasajes más intricados, crueles y enigmáticos de mi modesta historia lectora: la inefable descripción del sombrero de Charles Bovary. Copio aquí tres versiones castellanas elegidas al azar.

Consuelo Berges (Madrid, Alianza, pág. 52):

Era uno de esos cubrecabezas de orden compuesto, en el que se encuentran los elementos de la gorra de granadero, del chapska, del sombrero redondo, de la gorra de nutria y del gorro de algodón: en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y emballenada, empezaba por tres morcillas circulares; después alternaban unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo, separados por una banda roja; a continuación, una especie de saco que terminaba en un polígono encartonado, guarnecido con un adorno de pasamanería, del que pendía, en el extremos de un largo cordón demasiado delgado, una especie de bellota de hilos de oro, entrecruzados. Era una gorra nueva; la visera relucía.

Juan Bravo Castillo (Madrid, Espasa Calpe, pág. 70):

Era uno de esos tocados de características heterogéneas, en el que pueden encontrarse los elementos del gorro de granadero, del chapska, del sombrero de copa, del pasamontañas y del gorro de dormir; una de esas prendas desafortunadas, en resumidas cuentas, cuya muda fealdad adquiere profundidades de expresión comparables a las del rostro de un lelo. Ovoide y armada de ballenas, empezaba con tres morcillas circulares; luego alternaban, separados por una franja roja, unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo; venía a continuación una especie de saco rematado por un polígono acartonado y guarnecido con bordados de pasamanería, y de los que pendía, en el extremo de un cordón largo y fino, un pequeño colgante de hilos de oro en forma de bellota. La acababa de estrenar y la visera relucía.

María Teresa Gallego (pág. 20):

Era uno de esos tocados de orden heterogéneo donde aparecen los elementos del morrión, del chascás, del sombrero hongo, de la gorra de nutria y del gorro de dormir, uno de esos objetos lamentables, en pocas palabras, cuya fealdad callada alcanza las mismas honduras expresivas que el rostro de un imbécil. Ovoide y con unas ballenas que la abultaban, empezaba por tres rodetes; luego, iban alternándose, separados por una tira roja, unos rombos de terciopelo y de piel de conejo; seguía algo así como una bolsa que terminaba en un polígono de cartón forrado con un bordado de galones complicados y del que colgaba, en la punta de un cordón largo y demasiado fino, una crucecita de hilo dorado a modo de borla. Era nueva: la visera relucía.

Flaubert tiene momentos así. Lo de la «muda fealdad» con «profundidades de expresión como el rostro de un imbécil» me dejó marcado como una profecía para siempre. Lo mismo que la tristísima sentencia del capítulo VIII de Bouvard y Pécuchet: «Alors une faculté pitoyable se développa dans leur esprit, celle de voir la bêtise et de ne plus la tolérer». O según Bernárdez: «Entonces en el espíritu de los dos se desarrolló una facultad lamentable: la de ver la necedad y no tolerarla».

[Nota: Gracias a Jorge Seca por el pasaje que me faltaba.]

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Tercer aniversario

Resulta que a finales de agosto el blog cumplió tres años. Y yo sin enterarme. Como diría mi madre: «quin cap, David, quin cap…».

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Reseñé la versión original (en francés) de este libro hace unos meses, así que, sin entrar en otras cuestiones, me limitaré hoy a examinar la versión castellana. En primer lugar quiero felicitar a la editorial por haberse atrevido a lanzar una biografía de Curzio Malaparte al mercado español, donde sólo contábamos con las muy sucintas de Franco Vegliani, publicada hace más de cincuenta años, y Mariano Rodríguez Tudela, aparecida hace cuarenta. (Personalmente, creo que sigue siendo un deber pendiente traducir la pionera de Giordano Bruno Guerri.)

Vaya por delante que lo que es la traducción en sí me parece excelente, como supongo no podía ser de otra manera tratándose de Juan Manuel Salmerón. El hecho de que el señor Salmerón traduzca tanto del francés como del italiano me parece, además, una garantía añadida en este caso. Mis perplejidades empiezan al notar que el orden de la obra original ha sido alterado: los agradecimientos han pasado del final al principio; la introducción, del primero al segundo lugar del índice; falta el apéndice IV (la parodia Kúppet de Paolo Vita-Finzi), así como tres de las ocho entrevistas (con Ferdinando Castelli, Beatrice Monti von Rezzori y Sandro Veronesi). Me informa la editorial de que los cambios han sido realizados con arreglo a la versión última del original, en acuerdo con el editor y el autor. Sea como sea, no acierto a entender los motivos de estas supresiones. Sí se han incorporado todas las fotografías incluidas en el original.

En el apartado de la nota sobre los textos, veo que, con acierto, se ha añadido un apartado de «obras de Curzio Malaparte publicadas en lengua española». Lamento, sin embargo, que no se consignen las obras traducidas antes de 2008, que son muchas, aunque no se encuentren más que en las bibliotecas y el mercado de segunda mano: Evasiones en la cárcel, Maditos toscanos, El Volga nace en Europa, Mamá podrida, Picotazos, Sangre, Diario de un extranjero en París, El inglés en el paraíso (y supongo que alguna otra que ahora no tengo a mano) fueron traducidas al castellano en su momento. Obviamente también de Kaputt y La piel. También echo de menos el nombre de los traductores de las obras que sí figuran: aparte del mío, el de Eduardo Bittini, Vítora Guevara y la amiga Paula Caballero.

Los pasajes de las obras de Malaparte citadas han sido traducidos directamente del original de la biografía, y no copiando y pegando las versiones castellanas existentes. Es un criterio como otro, aunque quien esto firma prefiere, en la medida de lo posible, consultar las traducciones a mano. Es una comodidad para el lector, que encuentra el mismo texto en ambos lugares, aunque un engorro para el traductor, que se ve obligado a trotar por las bibliotecas de media ciudad a la caza y captura del fragmento exacto.

Ojalá la aparición de este volumen contribuya a la revaloración de la obra malapartiana en España y que, en el futuro, sigan apareciendo en castellano (¿para cuándo también en catalán?) los libros del de Prato. Por lo que sé, Sexto Piso tiene en preparación Muss e Il grande imbecille, que la editorial Luni publicó en 1999. Esperemos que no tarden en llegar más.

No quiero terminar este post sin darle las gracias a Juan de Sola, que me puso sobre la pista de la edición castellana del libro dos meses antes de que apareciera, y a la editorial Tusquets, que tuvo el detalle de enviármelo y de intercambiar impresiones conmigo antes de la redacción de esta reseña.

[Ficha de libro: Maurizio Serra, Malaparte, vidas y leyendas, trad. Juan Manuel Salmerón, Barcelona, Tusquets, 2012, 553 págs. Premio Goncourt de biografía 2011.]

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La invisibilidad fue el tema en torno al cual giró última edición de El Ojo de Polisemo. Traductores, editores de mesa y críticos se citaron para debatir, a lo largo de varias mesas redondas, el estatuto del traductor y del hecho traductor dentro del circuito general del libro. Me pareció detectar, por parte de mis colegas, cierta tendencia a la defensa gremial, en tanto que los críticos trataban de salir airosos de su paseo por terreno hostil admitiendo –sin mucha sinceridad– lo lamentable que es ver relegada la labor del traductor y prometiendo –sin muchas ganas– que, si en su mano estuviera, otro gallo cantaría, pero que la tesitura, ya se sabe, usted comprenderá… Víctor Amela, con su desparpajo habitual, fue el único que se atrevió a saltarse el protocolo y, viendo que el debate parecía derivar hacia lo personal, verbalizó lo que todos los críticos deben de pensar: «Pero ¿qué es lo que queréis que digamos?».

Quienes creemos que el traductor es un elemento (importante, pero un elemento al fin y al cabo) de la cadena de producción del libro no podemos admitir que la discusión adopte un cariz personalista, de ego herido. La labor del traductor debe ser justamente reconocida, cierto, pero no debemos olvidar que nuestro trabajo tiene como fin último servir al libro y al lector-consumidor. Y del mismo modo que el consumidor de naranjas tiene derecho a saber si vienen de Valencia o de la China o si son o no transgénicas, tiene asimismo derecho a saber si el libro por el que ha pagado tanto como por quince kilos de naranjas es o no traducción, si viene de España o de la Argentina, si la traducción es nueva o reciclada, si el traductor de la tercera entrega de la serie es el de las dos anteriores. Nuestro nombre es una forma más de garantía. Eso es lo que yo quiero que digan. Y si un crítico no entiende eso, es que, de crítico, poco.

Aludo en el truja de anteayer a The Translator’s Invisibility, el libro de Lawrence Venuti (Londres, Routledge, 1995). No puedo decir que esté de acuerdo con todos sus planteamientos, entre otras cosas porque los mercados editoriales anglosajón e hispanófono son radicalmente distintos en lo tocante a las políticas de traducción. Sí admiro su espíritu y suscribo, como él, la necesidad de ser osados, pero no como quien da con el puño en la mesa para llamar la atención sobre la propia presencia, que es lo que parece sugerir nuestro autor, sino porque hay originales que lo requieren (le guste o no al editor) y a ellos nos debemos (le guste o no a Venuti).

De écrivains y écrivants, como es sabido, habla Roland Barthes en un artículo clásico: «“Écrivains” y “écrivants”», en Ensayos críticos, trad. Carlos Pujol, Barcelona, Seix Barral, 1977, págs. 177-185.

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Llevo retraso con el blog, con los trujamanes, con la vida en general, en fin. Será cosa del verano, de los ratos pasados en la arena polverosa del Garraf, de las noches enteras viendo capítulos de The Wire, de la languidez propia de los días de treinta grados con noventa y cinco por ciento de humedad, de cruzar media Europa en un Clío en compañía de tres locos de atar al son de Johnny Cash. Total, que con la llegada de la reentrada de septiembre, me había propuesto contar en qué ando, no tanto por informar al respetable (al seguramente se le dé una higa) como por saber cómo me he metido en estos fregados.

Iba a empezar diciendo que he escrito poco, pero no es cierto. Me he pasado el verano escribiendo un texto de extensión considerable para un libro sobre traducción que prepara el amigo Javier Jiménez, de Fórcola. Como no sabía de que hablar, me he tirado a las retraducciones, género que servidor conoce de cerca. El material sobre el tema llevaba meses (si no años) acumulándose en el ordenador (y en los estantes, y en la mesa, y en la otra mesa, y si no, véase la foto), así que ha sido una buena excusa para ordenarlo, releer la bibliografía básica sobre el tema y aclarar mis propias ideas sobre el asunto.

Resulta curiosa esta necesidad de escribir, o cuanto menos de examinar lingüísticamente nuestras intuiciones, para afianzar la propia experiencia. Sobre esto, poco más o menos, trata el libro que ando traduciendo ahora: Philosophy the Day After Tomorrow, de Stanley Cavell. El primer ensayo del libro se abre con una cita de John Dewey, que a su vez cita a Emerson. Traducido a vuelatecla reza: «el hombre debería aprender a detectar y observar ese rayo de luz que, procedente de su interior, centellea en su mente […], de lo contario, el día de mañana, un extraño describirá con buen tino exactamente cuanto hemos pensado y sentido, y, para vergüenza nuestra, nos veremos obligados a aceptar de otros nuestras propias opiniones». El de Cavell es sin duda alguna el libro más difícil que voy a traducir jamás y sé positivamente que me dará más problemas de los que me atrevo a prever. ¿Por qué acepta uno meterse en líos de este calibre? Por muchos motivos, supongo, aunque ninguno del todo sensato: por trabajar con un editor nuevo (nuevo para mí, él lleva muchos años haciendo libros), por probar algo nuevo, por ponerse a prueba a uno mismo, por vanidad, por creerse uno más listo de lo que es. Al menos, tengo la suerte de contar con amigos inteligentes que sabrán echarme un cable en un momento dado.

Y es que hay más gente de la que creemos dispuesta a ayudar. De esto trata precisamente el último trujamán que he escrito, aún por publicar: de las páginas de agradecimientos no escritas de los traductores. Nadie es tan listo ni tan bueno que se baste a sí mismo. (No, tú tampoco, morenín.) Cuando traduje a Malaparte ya recurrí a la táctica del morro descarado y saqué de ello, además de la solución a mis dudas, un par de buenas amistades. He vuelto a hacerlo con la novela que acabo de terminar, L’estate alla fine del secolo de Fabio Geda y no podría estar más contento del resultado. Olvídense de aquello del traductor como ave solitaria. No cuela. La de Geda, por cierto, es una novela deliciosa, una de esas novelas que logran narrar no ya la voz del autor, sino la mirada de un niño, un libro que me recuerda a esa perla de Julián Ayesta, Helena o el mar del verano, o a Mi familia y otros animales de Durrell. No veo la hora de que salga.

Verano suelen ser unos meses bastante muertos, pero la verdad es que (por la crisis o lo que sea) este año he visto más movimiento que de costumbre. Aparte del libro del señor filósofo, la canícula barcelonesa me ha traído otro encargo curioso: The Nao of Brown de Glyn Dillon, el primer cómic de mi vida. Una vez más, los motivos de mi alegría son algo ingenuos: una editorial para la que no había trabajado, un género que no había tocado, y el hecho de que la propuesta viniera del amigo Arnau, editor de Norma. Creo que me vendrá como agua de mayo ponerme con él cuando acabe (quizá literalmente) con Cavell.

No todo el monte es orégano. También hay encargos que se malogran. Por cuestiones de calendario no he podido aceptar un librito de Curzio Malaparte. Lo digo tal cual, pero me repatea las tripas. Le recomendé al editor que se pusiera en contacto con Paula Caballero, la otra malapartiana. Espero que lo haya hecho. Parece que últimamente, Malaparte y yo llevamos el paso cambiado: en enero me hablaron de la posibilidad de traducir otros dos libros suyos, pero el proyecto sigue en el limbo a la espera de un acuerdo con la propietaria de los derechos. Y ya que hablamos de Malaparte: este mes Tusquests pone a la venta la biografía de Maurizio Serra que comentamos aquí hace unas semanas. En breve colgaré una reseña de la traducción.

Y esto sería todo si, como traca final, no me hubiera metido en un último embolado. Pero de eso hablaremos otro día.

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