Esto es lo que repite el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, y eso mismo puedo decir yo después de casi un mes sin actualizar el blog, pero es que Harlem es mucho Harlem y, desde que estoy aquí, todo el tiempo que no he dedicado a terminar el libro de Dacia Maraini lo he dedicado a trotar embobado todas las calles y parques que se me han puesto a tiro.
Trotando, trotando, como no, he pasado por varias librerías. La Strand, por ejemplo, que empieza a darme miedo porque me hace venir algo así como el síndrome de Stendhal en versión libresca. O la Barnes & Noble de Broadway con la 82, donde he descubierto una edición de cierto libro que tradujeron los amigos Robert Falcó y Laura Manero, y de la que ellos no tenían constancia.
Como ahora que he entregado tendré un poco de tiempo para leer, he comprado The Memory Chalet del desaparecido Tony Judt, cuyo nombre últimamente aparece hasta en la sopa, y Harlem Is Nowhere de Sharifa Rhodes-Pitts, por aquello de hacer culturilla de barrio. Algo muy neoyorquino que también me he propuesto es comprar el New York Times los domingos: pesa como un kilo y trae suplementos para toda la semana, incluido el de libros. Y si se puede leer dando bocados a los pasteles de zanahoria de Make My Cake, tanto mejor.
Dicho lo cual, volvemos a poner la máquina en marcha. Y que nadie tema, que esto no se convertirá en un diario de viaje.





¡Qué envidia! No sé si envidio más el hecho de que estés traduciendo en Nueva York, o que te vayas de librerías por la Gran Manzana
¡Pásalo muy bien!
Lo segundo, lo segundo, qué pedazo librerías y qué bien editan (suspiro). Lo primero es como en todas partes: cara a la pared y tira millas. Quizá con mejores vistas, aunque eso es cosa de la casa, no de la ciudad. En cuanto a pasarlo bien, se hace lo que se puede, ¡gracias!
¡Caray! Me siento como si estuviera un poquito allí.
Disfruta mucho de la ciudad, malapartiano. ¡Cuánta envidia (sana) das!
argh, envidia cochina. Yo también recuerdo las librerías de Nueva York y los malditos límites de peso de las maletas en el avión… aun así me compré un montón de libros rusos, algún mapa histórico y hasta algunos bilingües inglés-ruso que todavía están entre mis queridos tesoros.