Tras más de un año, pensabas que no volverías a hacer una entrevista. Entonces, un buen día, te encuentras levantado en Alibri un ejemplar de Calma, un librito exquisito de Shen Congwen traducido y prologado por Maialen Marín Lacarta. Como conoces a Maialen porque le haces preguntas chorras en congresos, has compartido cervezas con ella en el Norbàltic y le gustan las canciones que cuelgas en Facebook, te atreves a pedirle una entrevista. Maialen vive en París, donde, aparte de escribir la tesis, artículos y dar clases, tiene tiempo hasta de respirar y ocuparse de tus ocurrencias. ¿Entrevista por Skype? Hasta que no tengas el MacBook (moderno que eres) mejor que no; el viejo PC ya anda a trompicones sin necesidad de hacer el pino puente. Acordáis, pues, que le mandarás unas preguntitas por correo electrónico.
Entonces te cuenta que conoció la obra de Shen Congwen hacia 2006, cuando vivía en Pekín, y que con la ayuda de Juan Gabriel López Guix, logró convencer a Alpha Decay para que publicasen un relato suyo: «Me había cautivado su prosa poética y me parecía que se merecía un librito, ya que es una figura muy importante de la literatura china moderna. Calma no fue más que un aperitivo, espero poder dedicarle muchas páginas más». La editorial dice en su web que se trata de la primera traducción directa del chino al castellano del autor. Maialen puntualiza: «Existe una traducción directa de un relato de Shen Congwen publicada en Pekín dentro de una antología de relatos de distintos autores: Cuentos ejemplares (Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1984). El relato se titula “El marido” y el traductor, Laureano Ramírez, fue Premio Nacional de Traducción en 1992 y profesor mío en la Universidad Autónoma de Barcelona». El mismo relato se publicó luego en España, vertido del inglés, en la antología Luna creciente: cuentos chinos contemporáneos (Madrid, Editorial Popular, 2007), orientalizante desde la cubierta hasta el colofón.
Esta antología bien puede ilustrar algunos de los lastres que arrastra la literatura china en España: estereotipos y traducciones indirectas. Fuera de aquí las cosas son distintas: «En inglés y en francés las traducciones de Shen Congwen son numerosas. Sus especialistas y traductores principales son Isabelle Rabut al francés (que es mi directora de tesis) y Jeffrey C. Kinkley (que fue miembro del jurado de la tesis de Rabut). Ambos han traducido su autobiografía, su novela más conocida (Biancheng 边城, 1934) y varios relatos, dentro de una antología de varios autores de los años 1930 en el caso de Rabut (Le Fox-trot de Shanghai, 1996) o en una colección dedicada a este autor en el caso de Kinkley (Imperfect paradise, 1995). Existen además otras versiones de distintos traductores».
Con todo, perdura esa secular ignorancia de extremo Oriente que ya denunciaba René Étiemble y que confirmaba hace poco Umberto Eco, quien escribía: «No hace mucho tiempo fui a París a participar en una conferencia a la que asistieron intelectuales europeos y chinos. Fue humillante ver cómo nuestros colegas chinos conocían todo sobre Immanuel Kant y Marcel Proust, sugiriendo paralelos (fueran correctos o erróneos) entre Lao Tzu y Friedrich Nietzsche, mientras la mayoría de los europeos entre nosotros apenas podían ir más allá de Confucio, y a menudo sólo con base en análisis de segunda mano». La cuestión daría para un volumen entero, admite Maialen: «Lo que afirma Eco creo que refleja la jerarquía mundial y la desigualdad de los distintos… ¿sistemas literarios? (Even-Zohar), ¿campos? (Bourdieu)… La transmisión de la literatura del centro a la periferia y de la periferia al centro no ocurre de manera equitativa y recíproca».
Esto nos lleva de forma casi inevitable al concepto del canon y a la posición de la literatura china en nuestra idea de literatura universal: «La mayoría de estudiosos y traductores en España se han dedicado a traducir literatura clásica –explica Maialen–, mientras que son pocos los que se han interesado por la literatura del siglo XX. En los últimos diez años parece que las editoriales, a través de ferias o de agentes, se interesan cada vez más por la literatura del siglo XX, en muchos casos autores publicados en inglés y en francés. La mayoría se lanzan a traducirlos de estas versiones, sin la participación de traductores de chino o de especialistas de esta literatura. Esto influye no sólo en el texto sino también en la elección de los autores y en la propia cubierta de la obra. El filtro anglófono y francófono define la recepción de la literatura china del siglo XX». No lo dice por decir; las cifras cantan: «De las treinta y seis novelas de literatura del siglo XX que se han publicado de 2000 a 2010, nueve son directas y veintisiete indirectas. Todas las directas han sido encargadas por editoriales, y no propuestas por traductores».
La traducción indirecta sigue siendo, en efecto, una asignatura pendiente de la edición española, no tanto por el número de lenguas de las que se traduce (con la moda nórdica hemos asistido, al menos en castellano, a un florecer de las traducciones directas del sueco o del islandés), sino por el sistemático ocultamiento de las versiones hechas por lengua interpuesta: «Está claro que domina una visión negativa hacia la traducción indirecta, por eso se suele ocultar en la página de créditos para que parezca que el libro se ha traducido del chino (se menciona el título original en chino y el nombre de un solo traductor, el que traduce del texto intermedio al castellano). Las consecuencias para el traductor de chino son evidentes: conseguir una tarifa decente para una traducción del chino se vuelve una tarea complicada cuando al editor le cuesta menos de la mitad traducirlo de la versión inglesa o francesa. La ética del editor es aquí crucial». Y es que si la traducción de libros está dura para el común de nosotros («El trabajo es precario: nadie garantiza al traductor de libros trabajo para todo el año ni todos los años; no hay seguridad ni continuidad», Libro Blanco de la Traducción en España, pág. 81), más lo está para quien ha dedicado años y años al aprendizaje de lenguas «lejanas»: «No conozco a nadie que se dedique exclusivamente a la traducción del chino, sino que la mayoría de traductores son profesores de universidad».
Seamos optimistas y convenzámonos de que esto cambiará pronto, acaso cuando algún editor se descuelgue con algún Murakami chino. Y si tiene que quedar tan bien como el cuento de Shen Congwen, personalmente esperas que lo traduzca Maialen.


