Leopoldo Alas publicó en 1885 un texto titulado «Las traducciones», incluido en Nueva campaña (aunque citaré por la versión abreviada recogida por Miguel Ángel Vega en Textos clásicos de teoría de la traducción, Madrid, Cátedra, 1994, págs. 272-275). En él se repiten muchos de los topica de la época sobre la traducción. Primero: la traducción es oficio vil (pág. 272):
Es certísimo que traducir como generalmente se hace del francés, del italiano o del inglés, no arguye ingenio ni otro mérito que el de aplicar tiempo y trabajo a un modo de ganar el pan, no siempre honrado.
Segundo: la traducción de lenguas vulgares no tiene valor; el traductor sólo demuestra cierto talento cuando traduce de lenguas muertas (pág. 273):
La diferencia que Cervantes establecía entre las lenguas griega y latina y las vulgares, estaba fundada en razones sólidas; pues siendo aquéllas de las llamadas muertas y de construcción sintética, ofrecen por uno y otro respecto mayor dificultad que todas las modernas.
Tercero: la traducción literaria debe ser coto exclusivo de escritores (pág. 273):
Para traducir literatura hay que ser literato; para traducir obras donde el buen gusto tiene que penetrar la idea del arte del autor, se necesita un artista de buen gusto también y hábil para hacer en el propio idioma los primores que el original hizo en el suyo.
Y aquí empiezan las contradicciones (pág. 273):
A estas alturas, es claro que la facilidad de la lengua de que se traduce, o su dificultad, es circunstancia secundaria.
Lo cual contradice el principio segundo. Más (pág. 274):
¡Traducir! Empresa que de puro fácil es despreciable […] cuando se trata de los que entienden que para tal empeño les basta conocer ambos idiomas. ¡Traducir bien! Empresa muy ardua y que exige, a más de facultades rarísimas, virtudes no menos raras, como la modestia, la resignación y la fe.
Lo cual entra en contradicción con el principio primero: ¿el traductor es un individuo sin honra pero facultado y virtuoso? «Se refiere al de las lenguas clásicas», me diréis. Sin embargo, en el párrafo anterior Clarín ha citado ejemplos que pertenecen a lenguas «vulgares»: Dante, Shakespeare. Para terminar, un punto en que las reflexiones de Clarín enlazan con las de Larra, que ya comentamos (pág. 275):
¿Quién traduce las obras de los literatos contemporáneos ingleses, alemanes, rusos e italianos? Nadie. ¿Y las de esos novelistas franceses que tanto llaman la atención en todas partes? Ésas las traducen… los que necesitan para ello un Diccionario de bolsillo.



He flipado con la sarta de memeces.
[...] "Clarín" acerca de la traducción, y después de leerlas creo que no me perdía nada. Vistas en Malapartiana. AKPC_IDS += "4530,";SHARETHIS.addEntry({ title: "Las opiniones son como los culos", url: [...]
Son cosas de esas que demuestran que nadie está a salvo de caer en los lugares comunes de su tiempo. Ni siquiera ciertos escritores o incluso “intelectuales”.