
No es un secreto que Paul Auster ha sido traductor esporádico de grandes nombres de la literatura francesa: Mallarmé, Sartre, Blanchot… Por eso me sorprenden, por superficiales, las reflexiones del protagonista de El libro de las ilusiones al embarcarse en la traducción de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand (que en la novela reciben el título de Memorias de un muerto). Ahí va un párrafo representativo (en traducción de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 2003, págs. 79-80):
Así que lo preparé todo y me puse a trabajar otra vez. Me olvidé de Hector Mann y pensé únicamente en Chateaubriand, enfrascándome en la monumental crónica de una existencia que no tenía nada que ver con la mía. […] Gran parte del trabajo era mecánico, y como yo era el sirviente del texto y no su creador, me exigía un esfuerzo de distinta especie del que había realizado al escribir El mundo silencioso. Traducir es un poco como echar carbón. Se recoge con la pala y se lanza al horno. Cada trozo es una palabra, y cada palada es otra frase, y si se tiene una espalda recia y suficiente energía para seguir con la tarea ocho diez horas seguidas, se podrá mantener un buen fuego. Con cerca de un millón de palabras a la vista, me sentí preparado para trabajar incansablemente el tiempo que fuese necesario, aunque el resultado fuese incendiar la casa.



Lo de la espalda me ha gustado. Yo me siento sobre un cojín especial desde que mi fisio me lo ordenó, y todo va mejor.
Pues sí, muy superficial. Sólo basta leer algo suyo escrito últimamente para ver que la superficialidad se ha instalado en su cabeza.
“El libro de las ilusiones” fue la última novela suya que leí. Y me gustó. Lo que pasa es que tiempo después vi “La vida interior de Martin Frost”, que resultó ser uno de los bodrios más infumables de la historia del cinematógrafo y me quitó las ganas de leer material nuevo. Por suerte, siempre nos quedará “Leviatán”…
No me parece una definición que se pueda aplicar a la traducción de literatura, pero sí a la traducción “mercenaria” con que muchos traductores se ganan la vida. Yo a veces sí tengo sensación de echar carbón.
Cierto, María. Lo que pasa es que Auster está hablando de “Las memorias de ultratumba”. Como se lo cruce José Ramón Monreal por la calle, seguro que le parte las piernas.
Y merecidamente, eh.
Pero como definición de la “otra” traducción, me la guardo.